Los jóvenes de hoy en día viven en un mundo de interminables conexiones e información actualizada al minuto, constantemente informando a amigos, seres queridos y otros completamente extraños acerca de todos los detalles de sus vidas. Existen signos de que la Generación Wi-Fi también está interesada en conectar con las personas, cara a cara. El porcentaje de alumnos que se han involucrado en voluntariados ha ido incrementando durante dos décadas.

Pero un nuevo estudio sugiere que detrás de toda esta comunicación y conexión, alguna cosa falta. El estudio, llevado a cabo por los investigadores de University of Michigan Institute for Social Research, determina que los estudiantes hoy en día son un 40% menos empáticos, en comparación con el año 1979, con el mayor declive en los últimos diez años.

De acuerdo con los resultados, los estudiantes de hoy en día tienden cada vez menos a describirse como “bondadosos” o a señalar que muestran “sentimientos tiernos”, “interés” por otros. Por el contrario, son más propensos a admitir que “las desgracias ajenas” normalmente no les perturban. En otras palabras, pueden estar constantemente pendientes de los asuntos de sus amigos pero toda esa conexión no parece verse traducida en una preocupación genuina por el mundo y los que los rodean.

“Para mí, esa es la base”, dijo Sara Konrath, profesora asistente de investigación y autora principal en el estudio de la empatia. “Es muy valioso conectar con seres humanos. Es muy bueno para nuestros cuerpos hacerlo. Todo lo que sabemos como psicólogos nos dice que es la cosa más maravillosa. Así que si estamos perdiendo eso, creo que es preocupante.”

La empatía puede parecer una idea sentimental difícil de definir, y es justo decir que la mayoría de nosotros no pasamos el día preguntándonos si somos empáticos. Sin embargo, los psicólogos han tratado de medir la empatía durante décadas, reconociendo su valor inherente a la humanidad. Un mundo sin empatía, dicen, es un mundo en el que no querríamos vivir.

“Haz un experimento mental”, dijo Mark Davis, profesor de psicología en Eckerd College en Florida que ha pasado los últimos 30 años estudiando la empatía. “Imagina que los humanos no tuviésemos la capacidad de empatizar. ¿Que significaría si, de hecho, nunca nos importara lo que le pasara a otra gente? Ese es un mundo casi inconcebible.”

Es tan inconcebible que Davis se encuentra entre los escépticos de la nueva investigación que documenta el declive. “Me vine abajo,” dijo, “así como también me intrigó”. Él señala que Konrath, junto con los co-autores Edward O’Brien y Courtney Hsing, están elaborando sus conclusiones a partir de una muestra relativamente pequeña – sólo 72 estudios de más de tres décadas . A él y a otros les gustaría ver más trabajos sobre este asunto antes de hacer una conclusión final sobre cuánto les importan a los jóvenes, o no les importan, los demás. Pero incluso algunos escépticos están de acuerdo en que la esta tendencia reflejada en los estudios es perturbadora.

“Como especie terrible que podemos ser – y ciertamente tenemos la capacidad de hacer cosas terribles – también somos capaces de hacer cosas maravillosas, cosas nobles, auto-sacrificarnos”, dijo Davis. “Y la preocupación sería que, si realmente hay un declive en nuestra habilidad de actuar con esta capacidad que tenemos, el mundo sería más avaricioso.”

La empatía es un ingrediente tan básico de la experiencia del ser humano que incluso los bebés la exhiben, llorando cuando otros niños lloran o reaccionando a las expresiones faciales de adultos y progenitores. Sin embargo, la palabra en sí es relativamente nueva en nuestro léxico y los psicólogos que estudian la empatía no consiguen ponerse de acuerdo entorno a como debería ser definida: ¿Es sentir por los demás? ¿Sentir cómo sienten los demás? ¿Entender cómo sienten los demás? ¿O una combinación de todas ellas? “Todas se aproximan,” dice Batson. ” No hay una definición acordada.”

Pero básicamente, muchos coinciden con la idea de que la empatía es algún tipo de respuesta emocional al dolor, apuro, situación o sufrimiento de otra persona. “No es solo ponerse en los zapatos de otro”, dijo Aaron L. Pincus, profesor de psicología de Penn State University. “Es captar realmente lo que los demás experimentan… Tu estado emocional se moverá en una dirección muy similar a la de la persona con la que estás empatizando.”

De pequeñas y distintas maneras maneras, dicen los psicólogos, la empatía está constantemente conduciendo nuestra vida diaria, cada vez que antes de acturar tomamos en consideración cómo los demás se sentirán. Algunos sugieren que la empatía es el fundamento de las normas sociales, incluso la norma básica de etiqueta. “Normalmente, no insultamos a nadie en la cara”, explica Davis, “en parte porqué sabemos que la otra persona no se va a sentir bien”.

Dada la importancia de las relaciones y la experiencia humana, los psicólogos empezaron a estudiar el tema a mediados del siglo XX. Algunos investigadores han concluido experimentos en directo, recreando escenas en las que alguien sufre y observando como responden los observadores al ver el dolor. Otros, mientras, han desarrollado encuestas donde se requiere a la gente que explique como se siente, o como no se siente, con respecto a otros o a ellos mismos en determinadas situaciones. Los encuestados normalmente reciben una puntuación que determina cómo de empáticos son o no son. El problema es que muchas encuestas no reflejan la realidad porque, al responder, muchos de los encuestados dan respuestas que les sean favorecedoras. Aun así, los investigadores han descubierto que la puntuación obtenida es efectiva a la hora de predecir cómo una determinada persona se va a comportar. Los cónyugues que obtienen una puntuación más alta en la preocupación empática tienen más probabilidades de ofrecer apoyo emocional a sus parejas. Las personas capaces de ver la perspectiva de otra persona son más propensas a ayudar y menos propensas a mostrar agresividad. Y los que son narcisistas son probablemente los menos empáticos. “En general, ” dice Pincus, ” hay una disminución de la empatía a medida que aumenta el narcisismo.”

 Esa relación entre la empatía y el narcisismo llevó a realizar el estudio de Michigan. En los últimos años, algunos psicólogos, incluyendo a Konrath, han reflejado la evidencia de que el narcisismo puede que esté en alza, conduciendo a un debate sobre lo que está ocurriendo y si esto supone un problema. Una cierta proporción de narcisismo es buena, señalan los psicólogos, ayudando a dar a la gente a coger confianza para competir, tener éxito, o dirigir a los demás. Pero también nos puede llevar por el camino opuesto, creando un mundo de creciente ensimismamiento. Konrath y los otros autores del estudio, con la esperanza de llegar al fondo de este debate, se dispuso a medir cómo la empatía había cambiado a lo largo del tiempo. Si el narcisismo estuviese realmente en alza, postulan, entonces la empatía debería estar en declive. Empezaron a analizar los resultados de 72 encuestas diferentes, realizadas a cerca 14.000 estudiantes, empezando en 1979, analizando la forma en que los estudiantes de distintas épocas contestaban a las mismas preguntas.

Inicialmente, encontraron poco cambio. “Se aprecia poco cambio, no realmente un patrón, hasta el 2000,” dijo Konrath. “Y entonces encontramos esta repentina, brusca caída.”

Empezando aproximadamente una década atrás, la puntuación en dos áreas clave de la empatía empezaron a descender. Según els análisis, la empatía cognitiva— que es la habilidad para pensar sobre cómo alguien distinto puede sentirse — está disminuyendo. Pero es aún más preocupante, destacó Konrath, el descenso de la preocupación empática, a menudo conocida como la empatía emocional. Ésta se define como la habilidad para mostrar una respuesta emocional a la desgracia agena.

Quizás, más que cualquier otra característica, la capacidad de uno para la preocupación empática dicta cuánto uno se preocupa por otros. Aquellos que obtienen una puntuación alta en preocupación empática, de acuerdo con investigaciones anteriores, son más propensos a devolver el cambio incorrecto a un cajero, ceder su lugar en la cola, llevar las pertenencias de un desconocido, dar dinero a una persona sin hogar, hacer voluntariado, donar a una organización benéfica, cuidar de la mascota de un amigo o de una planta, o incluso seguir una dieta vegetariana. Y lo que es alarmante, dijo Konrath, es que la preocupación empática ha caído más que cualquier otro aspecto de la empatía. Entre 1979 y 2009, de acuerdo con el nuevo estudio, ésta disminuyó cerca de un 48%.

Los resultados han conducido a las siguientes preguntas obvias: ¿Qué cambios culturales deben haber moldeado a los niños y niñas en la década de los ochenta y los noventa, formándolos como una generación menos empática? ¿Por qué nos preocupamos menos? ¿Y hay alguna manera de que podamos revertir la tendencia?  

Las respuestas, hasta la fecha, son especulativas. Lo que está claro, dijo Konrath, es que algo crítico empezó hace cerca de una década cuando una nueva generación de estudiantes universitarios comenzó a realizar estas encuestas estándar.

Estos estudiantes, señala Konrath, nacidos en la década de los ochenta, habrían sido criados en los noventa con video juegos, 24 horas de televisión por cable, divorcio generalizado, y enviados al colegio con portátiles y móviles— jóvenes pioneros de la era digital.

Quizás, sugieren algunos, la tecnología los haya conectado en un sentido, pero los distancie a la vez el uno del otro. “Una gran cantidad de estas conexiones son muy poco profundas,” dice Jean Twenge, co-autor de La Epidemia Narcisista: Viviendo en la Era de la Titularidad. “Realmente no tienes una conexión emocional con alguien a través de Facebook.”

Tal vez, defienden otros, el problema sea el acceso a la televisión por cable y a las noticias de Internet durante las 24 horas del día, los jóvenes de hoy han sido inundados con noticias hasta el punto de que no pueden preocuparse más. Las tragedias les llegan en conjuntos, haciendo más difícil a la atención de forma sostenida. Quizás, los niños menos empáticos de hoy hayan sido criados por padres más narcisistas. ¿O el problema puede ser un mundo hipercompetitivo en el que todo el mundo está tratando de entrar en las mejores colegios y universidades, de ponerse en cabeza, de obtener más.

Es posible, discuten algunos psicólogos, que la gente no haya cambiado tanto como lo ha hecho el mundo que nos rodea. Innatamente, sugieren, la gente joven de hoy en día aún se preocupa tanto como tendían a hacerlo antes. Pero en una época en la que escasea el empleo, la economía se hunde, nuestros políticos están llenos de ira, y la gente a menudo se siente sin fuerzas para afrontar los problemas en sus vidas—mucho menos afectan problemas graves como el cambio climático— a lo mejor los jóvenes se están centrando en focalizar aquello que importa más: sus propios, pequeños mundos.

“Estaría realmente sorprendido si resultara que los estudiantes fuesen ahora menos capaces de preocuparse por otras personas— sus amigos, sus parejas, su familia o sus mascotas”,  dijo Batson. “La idea de que sean menos capaces de preocuparse ahora que 20 años atrás parece improbable. No pienso que podamos cambiar así. Pero nuestra situación debe haber cambiado. Uno puede sentir presión para dejarse llevar por el alcance de su propia preocupación. Detengámonos i digamos, “tengo que hacer frente a las necesidades del momento.”

Konrath también alerta de que es difícil saber si el problema es tan agudo como señala el estudio. Los estudiantes no son una porción representativa. Para saber si la empatía está realmente decayendo, dijo Konrath, necesitaría llevar a cabo un estudio que capturara la imagen completa de toda la población—investigación que su grupo ya ha empezado. Y aunque los descubrimientos no están publicados aún, todo indica que siguen el camino de lo que ya hemos descubierto hasta ahora. “La gente que nació en los ‘80s o más tarde, son menos empáticos, independientemente de que tengan un título universitario o no.”

Aun así, ella trata de mantenerse positiva a cerca del presente y el futuro. Si la empatía puede disminuir, dijo, también puede crecer. Es maleable. Pero aún así hay motivos para preocuparse, sabiendo cómo la falta de empatía puede afectar a la sociedad.

Recientemente, W. Keith Campbell, co-autor de Twenge y profesor de psicología de la University of Georgia, ha dirigido una serie de experimentos en los que se coloca a cuatro personas a cargo de empresas forestales que cosechan un imaginario bosque de 200 hectáreas. Él les da permiso para talar 10 hectáreas por año, estableciendo que el 10 por ciento volverá a crecer. La cuestión es: ¿Van a limitar sus ganancias a corto plazo a cambio del bien del grupo a largo plazo? ¿O  talarán tantos árboles como sea posible, agotando de esta manera los recursos para todo el mundo mucho más rápido?

Los narcisistas— centrados principalmente en ellos mismos —siempre talan más árboles que los demás del grupo. Pero pronto, el sistema queda destruido y todo el mundo queda en peor situación. “Así que, si tienes una sociedad con mucha gente narcisista, todo se destruye”, dice, “implosiona”.

Fuente: Keith O’Brien de www.boston.com

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